Siento una emoción tan grande que apenas puedo quedarme quieto ni pensar claramente. Supongo que es la clase de emoción que sólo puede sentir un hombre libre. Un hombre que comienza de un viaje de final incierto. Espero cruzar la frontera. Espero ver a mi amigo y darle un abrazo. Y que el Pacífico sea tan azul como siempre he soñado. Y espero nunca más perder la esperanza.

Red / Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994)

“Recuerdo que no fui donde debí haber ido.”

Muchos niños de la generación de los 90 encontramos nuestro primer dramón existencial en la divertida —y actualmente bastante olvidada— Casper (Brad Silberling, 1995). El adorable niño fantasma de redondeadas formas y grandes ojos supuso para los jóvenes espectadores coetáneos el primer bofetón de realidad en cuanto a la existencia de la muerte y la posibilidad del más allá. Casper pasaba por ser una simple adaptación del popular personaje animado. Pero sólo con el tiempo he llegado a ser consciente del drama que encierra esta película que en su mayor parte es divertidísima y en una parte menor muy emotiva. Tanto es así que, aun con el paso de los años, uno de los momentos que más recuerdo es la triste escena en la que Casper le cuenta Kat cómo y porqué murió y se convirtió en un fantasma.

“Oh my friends, my friends, forgive me…”

Difícilmente podemos encontrar en una obra dramática o de ficción un fragmento que trate de forma más directa ese estado mental (incluso catalogado por la psicología) llamado culpa del superviviente que en la canción Empty chairs at empty tables (Sillas vacías en mesas vacías) de Los Miserables, el llamado musical de los musicales que creó Claude-Michel Schönberg. Esta canción es un solo que canta Marius después de la batalla de París. Sentado en el café, sabiendo que es el único que ha sobrevivido, rememora a sus amigos caídos y les pide perdón por no haber muerto junto a ellos. En los montajes teatrales de esta canción Marius canta mientras se suceden las apariciones de Enjolras y el resto de sus compañeros. Sin embargo, en la versión cinematográfica de 2012 el director Tom Hooper prefirió recrearse casi por completo en el rostro de Eddie Redmayne, que hace una interpretación desgarradora.