“Recuerdo que no fui donde debí haber ido.”

Muchos niños de la generación de los 90 encontramos nuestro primer dramón existencial en la divertida —y actualmente bastante olvidada— Casper (Brad Silberling, 1995). El adorable niño fantasma de redondeadas formas y grandes ojos supuso para los jóvenes espectadores coetáneos el primer bofetón de realidad en cuanto a la existencia de la muerte y la posibilidad del más allá. Casper pasaba por ser una simple adaptación del popular personaje animado. Pero sólo con el tiempo he llegado a ser consciente del drama que encierra esta película que en su mayor parte es divertidísima y en una parte menor muy emotiva. Tanto es así que, aun con el paso de los años, uno de los momentos que más recuerdo es la triste escena en la que Casper le cuenta Kat cómo y porqué murió y se convirtió en un fantasma.

“Ojalá el Anillo nunca hubiera llegado a mí. Ojalá nada hubiera ocurrido.”

“Eso desean quienes viven éstos tiempos. Pero no les toca a ellos decidir. Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Hay otras fuerzas en este mundo, Frodo, además de la voluntad del mal. Bilbo estaba destinado a encontrar el Anillo. Y como consecuencia tú estabas destinado a tenerlo. Y ese es un pensamiento alentador.”

Es muy difícil escoger un sólo momento, una sola frase, de la épica trilogía en la que Peter Jackson adaptó, como nadie creyó posible, el universo de los libros de El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien. Tan bien supo hacerlo, tan bien respetó el espíritu épico y humanista de la obra original que entre todas las batallas, las criaturas y las impactantes escenas de los paisajes de Nueva Zelanda insertó escenas como ésta. La Compañía del Anillo ha hecho un alto en el camino a su paso por las Minas de Moria. De repente, Frodo advierte a Gandalf de que alguien los está siguiendo. Es Gollum. Y entonces, tiene lugar uno de los diálogos más bellamente aleccionadores que se han escrito jamás.

“Louis, presiento que éste es el comienzo de una hermosa amistad.”

Hay pocos clichés cinéfilos como Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y aún menos como su frase final. Bien merece la película en sí análisis pormenorizados de mil aspectos de su producción y su legado. Y, de hecho, los tiene por cientos. Pero no por ser cliché queda desmerecido éste cierre que aún después de 75 años ha sido imposible de superar.

“Sí, yo le quería. Creo que nunca he querido a nadie tanto como a mi viejo vagabundo.”

De los fascinantes 108 minutos de duración de La Gata sobre el Tejado de Zinc (Cat on a Hot Tin Roof, Richard Brooks, 1958) siempre recuerdo ésta maravillosa escena del último acto de la cinta. La conversación entre Paul Newman (que se convirtió en estrella a partir de esta película) y Burl Ives (actor extraordinario con una dilatada carrera) está rodada con sensibilidad y un gran control del tiempo y de los diálogos. Padre e hijo ponen verdades y sentimientos sobre la mesa. En una interpretación magistral, el personaje de Burl Ives se va rompiendo poco a poco recordando su durísima niñez junto a su padre.