“Recuerdo que no fui donde debí haber ido.”

Muchos niños de la generación de los 90 encontramos nuestro primer dramón existencial en la divertida —y actualmente bastante olvidada— Casper (Brad Silberling, 1995). El adorable niño fantasma de redondeadas formas y grandes ojos supuso para los jóvenes espectadores coetáneos el primer bofetón de realidad en cuanto a la existencia de la muerte y la posibilidad del más allá. Casper pasaba por ser una simple adaptación del popular personaje animado. Pero sólo con el tiempo he llegado a ser consciente del drama que encierra esta película que en su mayor parte es divertidísima y en una parte menor muy emotiva. Tanto es así que, aun con el paso de los años, uno de los momentos que más recuerdo es la triste escena en la que Casper le cuenta Kat cómo y porqué murió y se convirtió en un fantasma.

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