“Ojalá el Anillo nunca hubiera llegado a mí. Ojalá nada hubiera ocurrido.”

“Eso desean quienes viven éstos tiempos. Pero no les toca a ellos decidir. Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Hay otras fuerzas en este mundo, Frodo, además de la voluntad del mal. Bilbo estaba destinado a encontrar el Anillo. Y como consecuencia tú estabas destinado a tenerlo. Y ese es un pensamiento alentador.”

Es muy difícil escoger un sólo momento, una sola frase, de la épica trilogía en la que Peter Jackson adaptó, como nadie creyó posible, el universo de los libros de El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien. Tan bien supo hacerlo, tan bien respetó el espíritu épico y humanista de la obra original que entre todas las batallas, las criaturas y las impactantes escenas de los paisajes de Nueva Zelanda insertó escenas como ésta. La Compañía del Anillo ha hecho un alto en el camino a su paso por las Minas de Moria. De repente, Frodo advierte a Gandalf de que alguien los está siguiendo. Es Gollum. Y entonces, tiene lugar uno de los diálogos más bellamente aleccionadores que se han escrito jamás.

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